martes, 26 de mayo de 2009

Elucubraciones sobre la pena de muerte

El Blog de Georges Moréas

24 de mayo de 2009

El 10 de octubre de 1981, el mismo día en que la pena de muerte fue abolida, Marcel Chevalier perdió su trabajo. Era el ejecutor de altas obras: el último verdugo. Murió, dicen, el año pasado en Vendôme, en Eure-et-Loir.

Chevalier había participado en unas cuarenta ejecuciones, pero solo acciono la palanca en dos ocasiones. La última vez fue el 10 de septiembre de 1977, en la cárcel de Baumettes en Marsella, donde Hamida Djandoubi fue decapitado. Había sido condenado a muerte por el secuestro de su ex amante, y por haberla torturado antes de estrangularla – y de manera accesoria por la violación agravada de una adolescente de 15 años. El fiscal en ese momento habló de "un alma demoniaca", los psiquiatras, "de un gran peligro social", y Robert Badinter, durante el debate sobre la pena de muerte, lo presento como un desequilibrado con una sola pierna (como resultado de un accidente de trabajo). Fue el último condenado a muerte en ser ejecutado - en Francia.

En 1976, Marcel Chevalier había sucedido a su tío...

André Obrecht. Quien acciono la guillotina para Emile Buisson, Claude buffet y Roger Bontemps (que marcaron a Badinter) y decenas de otros.

Pero durante la Ocupación (Nota de Mila: la ocupación nazi de Francia durante la II Guerra Mundial), mostró una valentía poco común: en desacuerdo con las sentencias del tribunal de excepción creado por el gobierno de Vichy, prefirió dimitir. Arriesgando su vida. Cuando muchos jueces y policías fingían no ver las cabezas cortadas de mujeres y resistentes que se apilaban en las cestas al pie de la guillotina.

Durante este período, su primo, Jules-Henri Desfourneaux fue el ejecutor de Vichy. En el momento de la Liberation (Nota de Mila: cuando el país fue liberado de la ocupación alemana y comenzó la purga de colaboradores), fue objeto de una investigación, pero finalmente, conservo su puesto. Su primer cliente de la posguerra fue el famoso Dr. Marcel Petiot, condenado por el asesinato de 26 personas.

Fue el verdugo de la última ejecución en un lugar público, la de Eugène Weidmann, el 17 de junio de 1939, en Versalles.

Murió a los 73 años de un ataque al corazón. Participó en casi 350 ejecuciones.

André Obrecht vuelve entonces a la delantera del escenario. Fue nombrado ejecutor jefe y comenzó una nueva carrera en los años 1958-61, la muerte de los miembros del FLN.

Su última ejecución fue la de Christian Ranucci, el 28 de julio de 1976, en la cárcel de Baumettes en Marsella.

Pero en la lista de verdugos, el más famoso es, sin duda, Anatole François Joseph Deibler, ejecutor Jefe de delincuentes de 1889 a 1939. Realizo 395 ejecuciones. Incluso una vez trabajó en Bélgica y otra vez en Alemania.

En febrero de 1939, tiene que ir a Rennes para un cierto Maurice Pilorge un ladronzuelo. Esta será su 396° condenado a muerte y el 300° como ejecutor Jefe. Al amanecer, en el andén del metro, se derrumba: muerte súbita. Tiene 77 años de edad.

Pilorge sin embargo será ejecutado (con 24 horas de retraso) y Jean Genet llorara a su amante de prisión en un poema, “Le condamné à mort : « Sur mon cou sans armure et sans haine, mon cou / Que ma main plus légère et grave qu’une veuve / Effleure sous mon col, sans que ton cœur s’émeuve, / Laisse tes dents poser leur sourire de loup.»

Traducción del poema: Aquí
«Sobre mi pescuezo sin armadura y sin odio, mi pescuezo
Que mi mano más ligera y grave que una viuda
Acaricia bajo mi collar, sin que tu corazón se conmueva,
Deja a tus dientes depositar su sonrisa de lobo.

El 21 de mayo de 1981, François Mitterrand, rosas en mano, terminó su jornada de investidura, recorriendo los laberintos del Panteón. La Orquesta de París lo acompaña a lo largo de su recorrido con el Himno a la Alegría. La puesta en escena es perfecta. Las cámaras están por todas partes. Desde hace días, los franceses bailan y cantan, persuadidos de que todo va a cambiar. Otros menos numerosos pero más ricos, preparan las maletas: ¿cómo podrían vivir en un país gobernado por los social-comunistas?

¿Quien habría podido imaginar que esta época seria bautizada como los años-dinero de Mitterrand? Y que Bernard Tapie (Nota de Mila: un empresario con múltiples juicios a sus espaldas) se convertiría en ministro de un gobierno socialista?

De las 110 propuestas de la izquierda, la abolición de la pena de muerte solo ocupaba el 55 ° lugar.

No se trataba de un proyecto de campaña, sino de una aspiración personal.

Desde entonces, en 2007, la abolición de la pena de muerte ha sido inscrita en la Constitución (sin referéndum) y Francia adhirió al Protocolo aprobado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1989. Es el 63° estado en hacerlo. También ha ratificado el Protocolo del Convenio Europeo de Derechos Humanos del Consejo de Europa.

Amnistía Internacional se alegra y dice: "A partir de ahora la pena de muerte ya no puede ser reintroducida de nuevo en Francia."

En un "torneo de oradores”, del 19 de septiembre de 2006, el abogado Henri Leclerc tiene que ocuparse de este tema: George Boucher, verdugo de profesión, es despedido a raíz de la abolición de la pena de muerte. Y le consulta a usted para que lo represente ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos...

Y el abogado le explica al verdugo Georges Boucher, por qué no puede defenderlo. Permítanme citar algunas de sus frases:

"(...) La cuestión está de vuelta. Tenemos que hacer hablar a esos terroristas y así salvar los derechos humanos mediante la tortura que ya no es practicada por verdugos profesionales. De hecho en todo el mundo su oficio se pierde. En los Estados Unidos son electricistas, empleados del gas, médicos, los que acaban a los que han estado agonizando durante años en el corredor de la muerte. En China, la bala en la nuca que tira el soldado es pagada por la familia. En Irán el mulá y en Arabia Saudita los príncipes hacen lapidar la mujer adúltera por la multitud... "


El último verdugo ha muerto. Sr. De París ya no existe (Nota de Mila: el verdugo oficial de Paris). Sin embargo, según un sondeo de Sofres de 2006, el 42% de los franceses desea la restauración de la pena de muerte. Y, probablemente, bastaría con algunos sucesos odiosos bien presentados para ver esta cifra saltar por encima de la barrera del 50%.

Traducción de Mila

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