sábado, 2 de julio de 2011

Caso Madeleine McCann - "Madeleine" por Kate McCann


Por John Blacksmith
14 Junio 2011


La esperanza de que la extrema cautela con que los McCann ya habían tratado la desaparición de su hija podría ser moderada en “Madeleine” recibe pronto un duro golpe: en la sección de agradecimientos la Sra. McCann honra, además de al cupo normal de célebres, editores, agentes y publicistas, a no menos de cuatro abogados (incluidos el Sr. E “Expunge”* Smethurst y Adam Tudor de Carter Ruck) y no les agradece meramente su asesoramiento sino su participación en la realización del libro.

Por supuesto, puede que solo refrescaran su memoria de los litigios en los que la pareja ha estado envuelta desde 2008; o su colaboración puede haber tomado otra forma. Sea como sea su presencia silenciosa en el espacio entre el mensajero y el lector sugiere que tanto las revelaciones de interés periodístico e inconsistencias evidentes van a ser escasas. Sin embargo, para los estudiosos del caso el libro es una lectura recomendable, para empezar como unas valiosísimas memorias, en segundo lugar como fuente histórica y por último como autorretrato.



En cuanto a lo primero, como simples memorias sufrimiento-de-celebridad no está nada mal. La Sra. McCann evita el uso de un escritor fantasma y, a pesar de lo que hemos leído de su execrable “diario”, sabe hacer una oración. Sin duda, las primeras páginas, son las mejores y menos tímidas del libro ya que escribe a la ligera y sin sentimentalismo de sus orígenes en Liverpool y su infancia.

Su descripción de su vida como estudiante y los primeros años de su relación con Gerry McCann es menos espontánea, cantando más a demanda de agentes literarios de celebridades de un mostrar pasado colorido que a un deseo real de compartir sus memorias. La vida en Nueva Zelanda y Países Bajos pasa sin casi ningún comentario sobre la cultura o la población de ambos países, en contraste con su historia de los intentos de tener niños que, al igual que un antiguo tocólogo, cuenta con considerable detalle. Sobre la medicina como vocación no tiene nada que decir y ninguno de sus pacientes son descritos, de forma anónima o no. Escribe que no tenía interés especial en la carrera de medicina –era más una cuestión de decidir entre las varias oportunidades que su indudable habilidad y determinación académica (y es modesta sobre las mismas) le ofrecían. Con el nacimiento de sus hijos, la narrativa convencional de primeras ambiciones logradas y felicidad humana conseguida es completa. A pesar de la poca originalidad de la historia –culpa de la industria, no de la Sra. McCann- se trata de un adulto hablando, no la creación de una celebridad, cómoda con sus juicios y decisiones y, hasta cierto punto, segura de su identidad.

Así pues, se levanta el telón sobre el drama en el que el lector está más interesado: entre mayo y octubre de 2007 la Sra. McCann sufrió la pérdida de su hija, se convirtió en una “sufrida celebridad” a nivel mundial con acceso sin restricciones a los corredores de los grandes y el desarrollo de un gusto por los viajes en jets privados y entonces, en un giro Hitchcockniano, fue acusada de estar implicada en la desaparición de su propia hija antes de encontrar refugio eventual en su tierra natal. Esta transformación de su suerte fue correspondida, a una velocidad de vértigo, por su representación en los medios de comunicación – de heroína glamurosa pero estoica a muñeca de trapo despojada de toda privacidad y dignidad en cuestión se semanas. Como ella y su marido manejaron estos cambios serpenteantes en su suerte junto con la percepción del público de los hechos conforman el corazón del libro, con la investigación de la policía sobre su posible culpabilidad provocando las palabras con más sentimiento y dramáticas de toda la obra.

Poco después de su regreso a Reino Unido, esencialmente el drama se acaba. El patetismo de la rueda de prensa de Clarence Mitchell ante su casa de Rothley, con la pareja de pie en silencio bajo su larga sombra como un par de delincuentes abatidos y hundidos, sigue estando muy presente en la memoria. Sin embargo, detrás del escenario, comenzando con una reunión de tres horas y media el día que aterrizaron en Inglaterra, estaba siendo reunido uno de los equipos de defensa legal más caros y poderos de la historia moderna inglesa. Dada la penuria del caso policial portugués contra la pareja –una gran caja llena de cabos sueltos- el esfuerzo de la defensa parece desproporcionado en relación con cualquier peligro real que los amenazara e inevitablemente la tensión se desvanece. Lo que sigue se convierte en algo así como un informe público en el que se describe su trabajo de campaña en favor de la protección infantil y sus numerosas entrevistas y apariciones públicas son descritas con considerable, por no decir tedioso, detalle. Entre tanto, la agotadora, exhaustiva y algunas veces histéricamente absurda campaña para encontrar a su hija no desvela absolutamente nada, rien, ni una sola pista.

Naturalmente, las personalidades son descritas limitadamente –es decir, non existentes- profundamente de acuerdo con los convencionalismos del género. No es fácil que sea de otro modo cuando se está escribiendo sobre personas vivas que todavía pueden tener un papel, no importa cuan oscuro, que representar; como era de esperar, Gonçalo Amaral es objeto de desprecio y ofuscación por su presunta falta de humanidad y su determinación, según Kate McCann, de hacer que el mundo deje de buscar a Madeleine. Poco se dice, aunque sin duda mucho se podría escribir, sobre los diversos oportunistas y sinvergüenzas que ofrecieron sus servicios –remunerados- para ayudar a localizar a la niña.

A pesar de los abogados que están colaborando y la siempre presente sensación de un texto que ha sido sometido a escrutinio microscópico antes de ser permitido llegar al lector de pago hay una o dos pequeñas sorpresas. El papel extremadamente activo del muy citado pero solo recientemente fundado Grupo Internacional de Derecho de Familia (IFLG siglas en inglés) en los asuntos de los padres durante los primeros días, incluida su participación en la creación del controvertido fondo familiar, su insistente sugerencia de que Madeleine debería ser puesta bajo tutela judicial y su introducción de algunos considerables mercenarios-e-investigadores privados del grupo Control Risks, obliga a cuestionarse su juicio. El IFLG también estuvo íntimamente involucrado en la desafortunada jugada legal de la pareja para ponerle las manos encima al expediente de la policía de Leicester sobre el caso en el verano de 2008. La Sra. McCann ofrece un breve resumen de la (antes confidencial) respuesta de la policía de Leicester a la petición que señalaba, en esencia, que “no había pruebas claras” para eliminar a la pareja de la implicación en la desaparición de la niña y por lo tanto no les confiarían el expediente solicitado. La posición de la policía de Leicester sigue igual: siguen denegándoles el expediente a los padres.

Los sentimientos de la Sra. McCann de haber sido abandonada por las “autoridades” británicas –en realidad no hace una separación de poderes- una vez es constituida arguida son revelados como el reflejo de la sensación de abandono de Amaral por sus propios superiores, aunque sin duda algunos lectores encontrarán profundas corrientes bajo esta aparentemente obvia veracidad de sus comentarios. Niega explícitamente cualquier premonición sobre el bienestar de Madeleine en Praia da Luz –algo sorprendente dada la igualmente explícita declaración de algunos de sus amigos sobre la cuestión. Y algo nuevo, por lo menos para mí, es la afirmación de la policía portuguesa de que un testigo la vio a ella y su marido transportando algo en un gran bolsa negra la noche del 3 de mayo.

La conclusión del libro exhibe cierta tensión. Las reglas de memorias de celebridades/sufridoras demandan un final optimista; la Sra. McCann está de acuerdo con eso pero se encuentra incómoda por cómo la podría juzgar el público si es, buen, demasiado feliz, dadas las circunstancias de la suerte desconocida de una hija desaparecida. Sin embargo, se las arregla bastante bien, al igual que maneja el peso de su culpa. El conocimiento de que es ahora una mujer más fuerte y capaz de lo que era hace un par de años la ayuda, dice ella, a “sacudirse” un poco de esa culpa. Tales cuestiones al igual que el significado real de culpa, junto con la concepción católica de Kate McCann sobre ello, nos aparta de las memorias de celebridad y nos lleva a una zona mucho más compleja del valor de “Madeleine” como un auténtico autorretrato, un tema que abordaremos pronto. Por el momento podemos dejarla con su libro exitosamente terminado, mirando con sensibilidad a la distancia, sola -aparte de la presencia a su lado de Bill Scott-Kerr, Sally Gaminara, Janine Giovanni y Alison Barrow, todos los editores de Transworld, Neil Blair y Christopher Little, sus agentes, el mencionado cuarteto de abogados su amiga Claudia de la empresa portuguesa de RP Lift Consulting- triste pero hermosa, más fuerte para su sufrimiento. Entrada de música y créditos.

* Expunge: borrar/eliminar – Los antecedentes penales por ejemplo.

©Traducción de Mercedes