domingo, 21 de agosto de 2011

Caso Madeleine McCann - “Madeleine” como auto-retrato de Kate McCann III


“Madeleine” como auto-retrato de Kate McCann III


Por John Blacksmith
19 de julio de 2011

La lectura de “Madeleine” es una experiencia extraña.

Para empezar –a menos que, por supuesto, usted sea uno de esos “realistas” que creen que el libro es solo la simple historia de una injustamente difamada y sufridora madre- opera en tantos niveles como un poema simbolista francés. “Elija su audiencia y escríbale,” dicen los agentes en sus orientaciones a clientes famosos pero para Kate McCann esto no es una tare fácil. Ella sabe cuántas personas tiene sobre el hombre mientras escribe – Abreu, Amaral, sus diversos interrogadores de la policía en la PJ, Bob Small y el Detective de Freitas de Reino Unido, David Payne y otros, todos con su propio conocimiento de los hechos que describe.

Ella también tiene la presencia silenciosa de su circunscripción de seguidores que mantener, siempre buscando un enfoque que los mantenga en posición reglamentaria - ¿sonó eso demasiado oportuno? ¿Queda suficientemente patente mi amor por Madeleine? No debo parecer demasiado vanidoso – así como los que toman notas en el reducido equipo que aun mantiene el caso abierto en la comisaría de Leicester. Todos ellos deben de algún modo quedar satisfechos.



La fibra sensible, por así decirlo, de la narrativa superficial del Readers Digest – la única que algunos de sus fans menos sensibles percibirán – domina esta serie de matices, uno para cada individuo o colectivo. Es una representación a gran escala, una actuación en la cuerda floja que debe estar petrificando a su marido, prueba de un ego apabullante y una voluntad inmensamente fuerte.

La pobreza cultural que comparten ella y su marido y que les hace describir –y, creo, experimentar- situaciones dramáticas extremadamente básicas de telenovelas baratas hace a uno dudar antes de admitir que Shakespeare te viene frecuentemente a la memoria. Sin embargo, el poder absoluto y determinación con el que enivó esperanza y fuerza respaldando el renqueante y sollozante cuerpo de su marido la noche del 6 de septiembre, por ejemplo, es el de Lady Macbeth en su estado más puro. Es una mujer extraordinaria.

Si está en su sano juicio, en el sentido comúnmente entendido de la palabra, es otro tema. Cuando los oficiales de la PJ la acusaron de perder el conocimiento el día 3 de mayo, de no ser dueña de sus actos y sentimientos, estaban, tal como he escrito, muy cerca de la verdad de lo que Kate McCann describe en “Madeleine” – meses creyendo que estaba poseída por una fuerza extraña, “un demonio”, y un sentimiento de furia seriamente incontrolada, en otras palabras, conducta psicótica, no neurótica. Pero es evidente que ellos creían que tal conducta era anterior a la noche del 3 de mayo.

Las suyas son cualidades que inspiran tanto admiración como pena. ¡Si tan solo fuese la historia completa! Durante los últimos cuatro años ha mostrado el lado oscuro más desagradable de su compleja personalidad. No es la evidencia que ofrece en su libro de su obvia debilidad humana – vanidad in crescendo a egocentrismo, tendencia a atacar, algunas veces físicamente, a aquellos que la provocan, un evidente placer de ser mimado asociado con cierta codicia financiera: la mayor parte de nosotros compartimos algunas de esas características y peores. No, es mucho más serio: pocas personas significan lo más mínimo para ella y aquellos que la contrarían...

Las personas que han ayudado o servido a sus propósitos casi tan mal como aquellos que le han dado problemas. Los experimentados oficiales de la GNR que aparecieron en primer lugar en la escena para buscar a su hija, menos afortunados en sus carreras que ella, hombres de origen campesino con un salario pobre en un país pobre, son tratados con desprecio despreocupado por esta respetable criatura de los suburbios de Liverpool: “Tweedledum and Tweedledee”, los describe burlonamente, “desconcertados y sin habilidad/experiencia”. El fantasma de la inofensiva vieja Sra. Fenn, quien osó preocuparse por el bienestar de Madeleine, es invocada para recibir un párrafo de insultos gratuitos antes de ser enviada de vuelta a su tumba; Justine McGuinness, después de no haber cumplido con las expectativas de Kate McCann, es dejada de lado como un ramo de flores marchitas.

Gente tan agradable, los abogados
Gonçalo Amaral, por supuesto, se mantuvo firmemente en su camino. Habiendo alimentado a la maquinaria británica de rumorología contra él observó, presumiblemente con satisfacción, la implosión de su carrera. Una vez que su libro amenazó con llevar los hechos de la investigación al público británico casi complemente inconscientes de ellos, se dispuso a no solo silenciarlo sino a destruirlo, utilizando a la vieja Duarte y la riqueza a su disposición – nada de ello ganado – para amarrarlo en una red legal Kafkiana, el dinero incautado, su libertad de expresión desaparecida, su familia dependiente del apoyo financiero de amigos. Era un deseo implacable de hacer daño, no de defensa, esto es algo claramente revelado en su persecución de Amaral y su familia, una campaña que casi tuvo éxito cuando la esposa del oficial se vino abajo y le suplicó a su marido que intentase llegar a un acuerdo con la pareja.

Es de destacar, por cierto, que las memorias de Amaral no solo revelan a un individuo mucho más culto que Kate McCann – de hecho demuestra un gran conocimiento de la historia y cultura de su país y la apreciación estética de su paisaje – sino un grado de humanidad y calidez bastante ausente en el gélido corazón del libro de su adversario. Desgraciadamente también es menos ladino: subestimó a Kate McCann cuando casi la tenía a su alcance y aun está luchando para superar su error. Esa parte de su libro personal (de ella) es casi suficiente para anular la pena que uno debería sentir por una mujer tan perturbada.

Esto nos lleva al último y más extraordinario aspecto de “Madeleine”. Es un extraño y preocupante ejemplo de ser dividido, porque mientras sus dedos teclean repetidas evasivas y justificaciones de los últimos cuatro años, otra parte de ella, a través de la bravuconería, enfermedad, ser dañado o su catolicismo fugitivo, está ocupada subvirtiendo sus palabras desde el interior.

“The style sings of hope”, escribió una famosa crítica de las atribuladas novelas del autor F. Scott Fitzgerad, “el mensaje es la desesperación”. Y algo similar ocurre a lo largo de “Madeleine”. Kate McCann no puede soportar retratar a su hija durante los días anteriores a que la niña se encontrase con su destino: solo puede acercarse a ella con recuerdos inconexos de una época anterior como si, siempre que lo intentara, viera la cara de su propia hija mirándola fijamente y tuviera que dejarlo.

Solo hace un esfuerzo mediocre de construir una narrativa convincente de esa semana, retrocediendo en su lugar a viejos recortes como si ya no tuviera la energía psíquica para presentar una descripción fundamentada y convincente. Los Tapas 7, sus presuntos amigos, caminan por las calles y playas de Praia da Luz como espectros, no personas reales. Su manejo de la famosa visita a su apartamento de David Payne está plagada de fatalismo. Solo después de las 22h00 del 3 mayo la prosa adquiere vida – porque ahora está recordando sentimientos reales de temor y confusión. Pero si esos sentimientos son el resultado de la pérdida de su hija por un extraño o algo mucho más complicado pero igual de aterrador, es discutible.

Hay furia –otra vez esa palabra- a lo largo de su estancia en Portugal por lo que le ocurre a ella, pero es como si estuviera gritando para convencerse a sí misma. Y cuando aborda los hechos de agosto de 2007 es simplemente imposible creer que realmente está protestando su inocencia; en la entrevista del 8 de agosto con la policía y ese terrible episodio en el apartamento con Abreu y su ayudante casi un mes después, una vez más la verdad se hace camino y las afirmaciones de que habían sido invitados a declararse culpables de algo que no habían hecho simplemente son embargadas por imágenes cargadas de culpabilidad, sobre todo esa en la que Gerry McCann se da por vencido y llora sobre su regazo como un niño.

Cuando Kate escribe sobre la culpabilidad – la culpabilidad que ella admite de no haber protegido a los niños, de las cosas que podría haber hecho de otra manera, las declaraciones suenan vacías, sin el sentimiento acompañante de todo lo que realmente siente, o que tal vez incluso entiende, el verdadero significado de la palabra. Cuando escribe sobre su propia inocencia, en contraste, su estado de ánimo, el sentimiento, las escenas cruciales, niegan sus propias palabras. El libro es una larga confesión inconsciente, un grito de ayuda.

© Traducción de Mercedes