lunes, 4 de mayo de 2009

Caso Madeleine McCann – Bruscamente, un mayo pasado

Público.pt

Regreso a Praia da Luz

Kathleen Gomes 3 de mayo de 2009

No es posible entrar directamente a Praia da Luz. La carretera principal no es para los que llegan sino para los que se van. Las señales obligan a girar a la derecha, por lo tanto hacia arriba. Es como se bordeásemos la parte trasera antes de entrar en su interior, y la vista no es de postal: una hilera de urbanizaciones con aire de poco uso, sin vida, literalmente para la vista del inglés. Le llaman Praia da Luz, aunque no se ve la playa desde aquí. No se ve a pesar de la inclinación natural del terreno. Los edificios impiden ver el mar.

Pedimos un mapa en el hotel, que nunca vamos a usar. Luz es solo esto: una aldea a la cual acude el turismo. Manuel Borba, 72 años, alcalde del ayuntamiento desde hace 16, corrige, con más bondad que impaciencia: los periodistas siempre hablaron de aldea, aunque Luz fue elevada a Villa en 2002. Tampoco hace gala de esto. Un periodista es, hoy, persona non grata en Luz, un ave de mal agüero. Hasta la noche del 3 de mayo de 2007, es poco probable que los habitantes locales hubieran visto alguno de cerca.

Luz es un lugar tranquilo –los turistas acostumbran elegirlo por eso-, sin los requisitos mínimos para acontecimientos excepcionales (a pesar de la visita de Pual McCartney en 1969). Pero después de que una niña inglesa de cuatro años desapareciera misteriosamente, periodistas y equipos de televisión de todo el mundo convergieron allí durante las semanas siguientes. “Hasta una televisión de Chile”, resalta el alcalde. Luz sufrió el equivalente a una invasión de los bárbaros. “Hubo un asalto de los medios de comunicación”, dice Hanna Rio da Silva, 48 años, auto-nombrada luso-neozelandesa que vive desde hace seis años y medio en la villa, vende bisutería hecha por ella frente a la playa. “Un día, estaba la playa llena, llegó un grupo de reporteros y vi a la gente huir. Lo que sucedió aquí fue de cine. El tratamiento del asunto fue indignante. Desgraciadamente, lo que sufrió fue la investigación.”

Tal vez los habitantes se fascinaron inicialmente con la presencia de los periodistas o sentido un auténtico placer al colaborar con caras que conocían de los informativos nacionales (“cuando estuvieron aquí, solo hablé con los portugueses, nunca con los ingleses”, dice orgullosamente una empleada del Ocean Club de Luz, que quiere ser identificada). Aunque al final los periodistas acabaron por irse y Luz debió sentirse como una chica de provincias seducida y abandonada por un muchacho de la ciudad y con la reputación arruinada. Aun es un lugar tranquilo, aunque nunca más ha sido el mismo.

“El año pasado fui a Sevilla y cuando dije que venía a Praia da Luz, todo mundo decía “Oh”. Si decía Portimão, Albufeira o Faro, no sabían de lo que estaba hablando”, explica Luc St. John Webb, en un momento de sarcasmo británico. El joven Luc se fue de París para estar al frente del Restaurante Fortaleza de Praia da Luz. “Pensé que me iba a aburrir después de una semana, aunque descubrí que dirigir un restaurante es impresionante.” La plaza más apacible de la villa, está aquí, junto al mar. Las casas de pizarra, situadas a la entrada, llaman a los clientes en inglés (“Watch the furious waves from our covered terrace” – “Observa las olas furiosas desde nuestra terraza cubierta”), para más señal es la misma lengua con que los empleados reciben a quien entra. Luc confirma que los clientes son, casi en su totalidad, ingleses.

El inglés también es la lengua universal, y dominante, en el supermercado Baptista, más selecto de lo que es costumbre encontrar fuera de las grandes ciudades. Los clientes hacen sus pedidos en inglés, hay una gran cantidad de marcas inglesas y los tabloides británicos tienen un lugar más destacado en el mostrador de los periódicos que la prensa portuguesa. El jueves por la mañana, tres mujeres inglesas con aire de Golden Girls (Chicas de Oro) tóxicas fuman frente sus cervezas en una mesa de la plaza del supermercado. Jacqueline Taylor se une a ellas – es la única que no fuma. Cambió Birmingham por Luz hace siete años. En la década de los 80, ella y su marido vinieron a la Albufeira y descubrieron Praia da Luz “accidentalmente” y “se enamoraron de ella”. “Era más bien pequeña y muy pintoresca”, dice. “La gente era encantadora. Paría un sitio idóneo.” Cuando se separó, ella se vino definitivamente. Hace dos años, era vecina de Robert Murat, el primer sospechoso del caso de la desaparición de Madeleine McCann. Tiene 66 años, el pelo rubio y los ojos pequeños, como si hubiesen sido succionados por la piel dada vuelta. Edna Craddock, que ya apagó el cigarrillo: “Es más barato pasar las vacaciones aquí que en Inglaterra”. Jacqueline ve que la frase de su amiga generó un punto de interrogación. “En Inglaterra, si el tiempo es malo, lo que es bastante frecuente, es necesario pagar para divertirse, para no quedarnos sin nada que hacer. Los hoteles son más caros que aquí.”

Los ingleses

La presencia de ingleses en Luz data, por lo menos, desde finales del siglo XIX. De las tres fábricas de conservas que existen en la población, alguna habría sido de ingleses ya que estos tenían actividad en la zona de Lagos. Luz St. John Webb también teoriza que las familias inglesas ligadas a la producción y comercialización del vino de Oporto habrían encontrado su camino hasta el sur, en la época de los baños. Aunque fue a partir de los años 60 cuando la afluencia se intensificó y se puede llamar turismo a aquello que estaba sucediendo en el Algarve. Ese flujo se instaló en el ADN de las familias, pasó de generación en generación. Es común encontrar turistas ingleses que conocen Praia da Luz desde la infancia, igual que sus padres y han vuelto ahora siendo ellos los padres.

El primer establecimiento turístico, el Luz Bay, fue construido por portugueses, en la década de los 70. “Fue el primero en ser construido en el Algarve, por no decir del país”, explica Porfírio Neto, ayudante de dirección del Hotel Luz Bay, del mismo grupo. “Venía mucha gente famosa a pasar aquí sus vacaciones. Amália…” Es el establecimiento que queda más cerca de la playa, casa de dos pisos, con lareiras algarveñas. Por la mañana y a última hora del día, las calles denuncian el dulce olor de las madreselvas. La moda pegó: en 1982, tres socios ingleses residentes en Portugal, uno de los cuales es de una familia pergaminos en el vino de Oporto, abrieron el Ocean Club. El establecimiento más reciente, gestionado por una empresa irlandesa, abrió en 2007 (¿?). Una -Pompeya postmoderna en tonos terracota. “Villas de lujo” a 200 metros de la playa.

“No hay un plano de la urbanización. Hubo alguna descoordinación”, reconoce el alcalde. Según él, el último censo de la población, en 2001, mostró que el 70 por ciento de las casas no son habitadas durante la mayor parte del año.

“¿Encuentra los edificios feos aquí?”, pregunta intrigado Luc St. John Webb, como si la idea fuese inédita. “Debía ver Portimão o la Albufeira.”

Jacqueline Taylor, en otra plaza: “La construcción aquí es horrenda. Las empresas son tan rentables, que parecen estar cogiendo todo el terreno que pueden. Muchas de esas casas siguen vacías.”

Un Óscar para os McCann

El Ocean Club está atravesando su período de mayor desolación. Habrá tres, tal vez cuatro cuerpos al sol – el resto son tumbonas vacías en torno a la piscina vacía. El bar junto a la piscina donde Gerry y Kate McCann cenaban con unos amigos la noche en que su hija desapareció parece inactivo. Un cliente pregunta en inglés: “¿Es posible comer algo?” porque es dudoso que se pueda comer algo. La parte de atrás del apartamento alquilado por los McCann se ve desde aquí. Las persianas cerradas, a ras de suelo parece una coraza cerrada sobre si misma.

El Ocean Club ya fue unos de los mayores empleadores de la zona. En 2007 tenía 130 empleados, en 2008 60. Actualmente solo 48, aunque hace cerca de un mes que la administración anunció el despido de 21 empleados, por carta, mencionando el impacto que el caso Maddie tuvo en caída de los índices de ocupación. Algunos de los que fueron despedidos dijeron a los periódicos que podrían procesar a los McCann. Aunque de momento hacen voto de silencio. “No hablan antes de recibir las indemnizaciones (por despido)”, explica una empleada. Los que se quedaron no hablan, por miedo a represalias.

A principios de abril, Gerry McCann regresó a Praia da Luz para filmar la reconstrucción de la noche de la desaparición de su hija para Channel Four, siendo abucheado por la población. “Sí, hubo una gran solidaridad (con el matrimonio) al principio, aunque después la gente empezó a darse cuenta que había algo raro”, dice la empleada del Ocean Club. La desconfianza en relación a los McCann parece, hoy, una actividad colectiva en Luz, incluso cada uno alega pruebas individuales, su propia versión sobre lo sucedido que alguien describe como “las fantochadas de los McCann”.

La empleada del Ocean Club: “La hija desapareció el jueves y el lunes el ya estaba aquí jugando al tenis con los amigos, todo contento. Ella iba a correr y los periodistas iban todos detrás. Lo hacía a propósito.”

Cândida Domingos, auxiliar de educación: “Nunca hubo una lágrima. Es mjuy sospechoso que una madre que pierde un hijo esté en la televisión hablando al 100 por cien. Yo creo que ella es más sospechosa que él.”

Una mujer que lee el Correio da Manhã en la mesa del café: “Después de haber sucedido, yo la vi sentada comiendo en la terraza del restaurante chino. Si fuese yo, creo que me quedaría en casa, con la cara tapada. No tengo hijo. Pero tengo sobrinos”.

Otro testigo local: “Son grandes actores. No sé como no recibieron un Óscar. Al final de dos días, mi tesis ya no era la de las demás personas. Pasé junto a Gerry McCann, él estaba riendo a carcajadas al móvil.”

Dos años después

Con la aproximación del segundo aniversario de la desaparición de Maddie, la campaña apelando información que pudiera conducir a su paradero fue renovada. Los carteles fijados en Luz fueron rasgados y la valla publicitaria en la carretera que conduce al pueblo, con el rostro de la niña y un lancinante “¡Ayúdame!”, fue emborronado con pintura blanca. La población local recibió una carta relacionada con la misma campaña, con preguntas sobre la desaparición – “La noche de la desaparición de Madeleine, ¿vio u oyó algo extraño?” “En aquel momento, ¿contactó con la policía y contó lo que sabía?” “¿Conoce a alguien que tenga información que pueda ayudar?” – y asegurando “total sigilo y anonimato” a quien preste información. “Dios me perdone, pero yo rompí la carta”, dice la mujer que leía el Correio da Manhã. “¿Ahora mandan a la gente buscar, después de dos años?”

“Hay muchas cosas que hacen ahora que no tienen sentido”, dice Maria, 74 años. “Debían habían haberlo hecho antes. Esto ahora solo son sopas después del almuerzo.” La pronunciación local es una especie de alentejano más ágil, aquí también se abren ciertas modas como se hace en las islas.

Escenas de lucha de clases en Praia da Luz: “Si hubiese sido un portugués, no se hubiera montado este lío. Si fuese mi hijo, no hubiera ocurrido esto. Porque yo soy pobre y ellos son ricos”, concluye Cândida Domingos.

El alcalde, sentado en su despacho, que fue el cuartel general de las operaciones de búsqueda conjuntas: “La investigación debía haber llegado hasta el final, Pero, después de, tanta televisión, tanta tinta, ¿Y este es el resultado?

El único sitio donde el llamamiento para encontrar a Maddie persiste dentro del pueblo es el Duke of Holland, un restaurante bar con olor a pub inglés. Un cartel en la ventana: “Por favor encuentra a nuestra Madeleine.” Es un de esos lugares que parecen haber sido hechos para existir solo por la noche, porque a la luz del día tiene dificultad para entrar y el aire nunca se renueva, como si estuviera de resaca. La empleada inglesa consulta al gerente y, a continuación, telefonea al dueño del pub diciéndole que hay un periodista que vio el cartel y que entró haciendo preguntas. Posición oficial, dictada por la empleada rubia, después de colgar: “La razón por la cual el cartel está ahí es que hay una niña que aun no ha sido encontrada.” Periodistas, no por favor. “Hubo mucha prensa negativa y la gente está cansada”, remata la empleada, y da por finalizado el tema. Hay otro lugar donde la imagen de Maddie aun permanece: junto al altar de la iglesia, pegada sobre un corazón rojo y una súplica bilingüe, escrita a mano: “Rzem por mim – pray for me (Rece por mí)”. Debajo, dos luces encendidas en una especial de gramola de vela ratifícales.

Menos turistas

Praia da Luz siempre fue muy buscada por familias, dicen los locales. Como las distancia son de aldea, el coche se vuelve dispensable, “solo tienes que bajar hasta la playa”, dice alguien. “No es el turista de discotecas, del barullo”, apunta Porfírio Neto, trazando el perfil del veraneante que llega aquí. “Es más ese turista que viene para descansar.”

El primer año después de los acontecimientos, se veían menos niños en Luz, recuerda Jacquline Taylor. “Al principio, los padres andaban siempre con los niños agarrados”, dice una residente que no quiere ser identificada. “Los llevaban sujetos por una correo”, ironiza Luc St. John Webb.

Nelly Fisher, 26 años, cajera del supermercado en Somerset, pasea a su hijo de seis meses en el cochecito de bebé frente a la playa. “Estuve aquí con mis padres cuando era pequeña. El ambiente es simpático. Lo que pasó fue un acontecimiento raro, una sola vez sin antecedente igual. Solo es necesario vigilar a los niños”. Un matrimonio joven de alemanes con un bebé en brazos salía de la iglesia: “Sí, unos amigos nos hablaron de eso (de la desaparición de Maddie), aunque ya teníamos las reservas hechas”, dice ella. “Aunque no sé donde fue. ¿Fue aquí en el pueblo?” Le decimos que sí y ella parece incrédula.

“Aun hay persona que dicen: ¿Praia da Luz? ¿No es donde sucedió aquello de Maddie? Entonces vamos a otro sitio”., dice la empleada del Ocean Club. “Es una nube negra que no se disipa.

“Muchas personas no habían oído hablar de Praia da Luz en Inglaterra”, dice Jacqueline Taylor. “No se hizo conocida de un día para otro por ser un lugar bonito y tranquilo para pasar las vacaciones. Se hizo famosa por razones equivocadas.” ¿Esto tiene consecuencias negativas sobre el turismo? “No es por culpa de Maddie que no vienen los turistas”, sugiere Gabriela Silva, 43 años. “Que es menor, es cierto, aunque también estamos atravesando una crisis”, dice el propietario de un restaurante donde los ingleses constituyen el 90 por ciento de los clientes. “Y antes del caso Maddie, ya estábamos estancados.”

La afluencia es “ligeramente baja” en esta época del año por la devaluación de la libra, defiende Luc St. John Webb. “La libra estaba a 1,60 euros y ahora está a 1,06.” La mesa de las inglesas tóxicas, al sol del mediodía, se cuentan los cadáveres de la recesión en su país: la cadena de supermercados Woolworths, la histórica industria del automóvil. Se desahoga: “De aquí a nada, seremos pobres.”

En el Luz Bay, Porfírio Neto asegura que el efecto es cero. “Hemos tenido el hotel siempre lleno. Muchos de los clientes son repetidores, conocen bien la zona, saben que el caso no tuvo nada que ver con la gente local.”

¿Y alguien hace, aun, preguntas sobre Maddie? “Nadie. Como si no hubiese pasado nada.”

Traducción de Mercedes