domingo, 17 de enero de 2010

Caso Madeleine McCann - Dolor de los McCann no justifica intento de censura


Las afirmaciones ridículas deben ser rebatidas, no suprimidas. Esa es la tragedia real, dice Eilis O’Hanlon

17 de enero de 2010

La falta de conocimientos es algo peligroso, tal como Kate y Gerry McCann han descubierto a su costa.

Solo se tardan cinco minutes en Internet para descubrir una red de rumores, medias verdades e insinuaciones que convencerían incluso a los seguidores más fervientes de la pareja de que esconden algo sobre la desaparición de su hija Madeleine en Portugal en mayo de 2007, o, peor aun, que de hecho la asesinaron, bien accidental o deliberadamente, y después inventaron la historia de su secuestro del complejo turístico en el Algarve para encubrir sus pasos.

La versión que elija creer cada uno es una cuestión de gusto personal. Cuando se trata de descabelladas teorías de conspiración, realmente hay una para la audiencia global de locos en Internet, dando cada vez mayor credibilidad a la vieja línea sobre la mentira dando la vuelta al mundo antes de la verdad se despierte. Pero si te encuentras en el extremo receptor de la misma, como los McCann y sus amigos, ciertamente no esperas que la policía añada leña al fuego.



Di lo que quieras sobre la policía irlandesa, pero es imposible imaginar a un oficial de policía irlandés actuando como Gonçalo Amaral, el ex investigador de Portimão, que fue tan aguijoneado por las crítica que recibió por su forma de llevar el caso que marcó su propio despido de la investigación escribiendo un libro afirmando que Madeleine murió accidentalmente en el apartamento familiar la noche del 3 de mayo de 2007; que Gerry concilió el cuerpo de hija en la playa; y que el grupo vacacional se puso de acuerdo en el encubrimiento para evitar una posible acusación contra ellos por negligencia. (Inciso: Se ha visto alguna vez un policía irlandés en la situación del Sr. Amaral?)

La controversia que rodea el libro de Amaral, “Maddie: La Verdad de la Mentira”, finalmente llegó la pasada semana a los tribunales, al intentar su autor revertir una prohibición impuesta a la publicación, previamente conseguida por los McCann. Esto podría ser lo más cerca que el torturador portugués de los McCann llegue a estar nunca de su deseo de ver a los McCann juzgados.

"They are trying to judge in a civil court what they could not judge in a criminal court," the couple's lawyer points out.

“Intentan juzgar en un tribunal civil lo que no pudieron juzgar en un tribunal penal”, apunta la abogada de la pareja. (Inciso: La misma que eligió un tribunal civil para presentar la demanda de la afligida pareja)

El caso ha sido aplazado hasta el próximo mes, momento en el que otros dos testigos, actualmente no disponibles, presentarán pruebas; pero incluso si el ex oficial de policía pierde, esto no acabará aquí. Él insiste que esto es sobre el derecho a la libre expresión bajo la Constitución portuguesa y que está decidido a recorrer el camino hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos para defender su libertad de publicar sus afirmaciones. (Inciso: Fueron los McCann quienes presentaron la demanda. Fueron los McCann quienes solicitaron la prohibición del libro. ¿Tiene el Sr. Amaral derecho a defenderse de sus acusaciones? ¿Qué es lo que se esperaba que hiciera?)

Y aquí está la esperanza de que al final gane. Gonçalo Amaral podría una deshonra para la figura del detective, cuyo libro, lejos de ser la intrépida exposición que se jacta de ser, es un mal trabajo de copio y pego vergonzosamente selectivo en la utilización las pruebas, exagera cínicamente el significado de los indicios de ADN encontrados en el apartamento y coche de alquiler de los McCann (Inciso: y ropa de Kate), haciendo saltos de lógica que avergonzarían al Inspector Clouseau, sin importarle, un supuesto jefe de policía, rellena su teoría con estúpidas digresiones históricas sobre el “turbulento” pasado entre Inglaterra y el Algarve, y el orgulloso y noble espíritu independiente del pueblo portugués; recurriendo en última instancia a la ridículamente exagerada paranoia sobre interferencias políticas en el caso (aunque por supuesto Amaral se esfuerza por explicar por qué tantas personas influyentes, hasta e incluyendo el primer ministro británico, llegarían a tal extraordinario extremo para proteger a un puñado de oscuros médicos de tener que rendir cuentas por ser negligentes con sus hijos.

Pero incluso un mal detective y peor escritor de crímenes reales debería tener la libertad de hablar sobre sus experiencias y conclusiones en un caso cuya continua falta de resolución claramente no es de interés público. No menos cuando todo el material contenido en La Verdad de la Mentira proviene del expediente policial, que, desde que la investigación fue archivada, ha sido ampliamente expuesto al público de todos modos. Después de todo ¿Qué derecho en contra hacen valer aquí los McCann? El libro ya ha vendido 200.000 copias en Portugal, ha sido traducido a otros seis idiomas incluido el español, italiano, sueco y alemán (y francés) y hay una versión en inglés disponible gratuitamente en Internet. Diez segundos en Google y está a tu disposición para leer, decida lo que decida el tribunal.

El documental que Amaral ayudó a realizar para la televisión portuguesa también puede ser visto, subtitulado, en You Tube, mientras que numeras Webs siguen desgranando las mismas controvertidas pruebas que él utiliza en su libro para calumniar crudamente a los McCann. Sin duda, pronto visitará Reino Unido para participar en una conferencia de un virulento grupo anti Kate y Gerry conocido como The Madeleine Foundation (Inciso: No asistirá a esta conferencia). Todo lo cual me suena a una sana libertad de expresión. El dolor de los McCann no debería darles carta blanca para silenciar a aquellos que dicen cosas que ellos no quieren oír.

Desgraciadamente, esto es lo que han hecho desde el principio. Son personas que remiten cartas de abogados del mismo modo que otras parejas envían invitaciones de boda. Ahora incluso hay una página Web dedicada a personas que afirman haber sido “Amordazados por (los) McCann”, con el lema: “¿Ha intentado silenciarte el Team McCann? La libertad de expresión no es tan libre cuando estás trabajando con un presupuesto limitado y tus oponentes tienen fondos multimillonarios a su disposición.

Los McCann insisten que actúan de este modo porque no quieren que una sensación de derrotismo sobre el destino de Madeleine pudiera diluir el esfuerzo de encontrar a su hija. Eso es entendible, aunque la afirmación hecha la pasada semana por Kate McCann de que el proceso había “demostrado nuevamente que no hay pruebas de que Madeleine haya sufrido algún daño” son desconcertantes, cuanto menos. Unos perros pisteros entrenados para detectar la presencia de cadáveres y sangre reaccionaron fuertemente en el apartamento de la pareja. Algo malo había ocurrido allí, incluso si no existe ni un ápice de pruebas físicas creíbles que indique que ellos tuvieron algo que ver con ello. Parece otro ejemplo de una pareja que nunca ha sido exactamente cálida o deseable en la imaginación del público haciéndose un parco favor, especialmente cuando existen tantas preguntas que siguen sin haber sido contestadas sobre aquella terrible noche y las semanas siguientes.

No pueden tener ambas cosas, demandar que el interés en la desaparición de Madeleine siga viva mientras siguen aseverando su derecho a controlar el contenido y naturaleza de ese interés.

Las afirmaciones del Sr. Amaral deben ser rebatidas, no censuradas. Esa es la tragedia real. Se aproxima el tercer aniversario de la desaparición de esta pequeña niña y el esfuerzo para averiguar lo que le ocurrió se ha convertido en una indecorosa batalla entre personas desesperadas por proteger su propia reputación. Podría prolongarse durante años.

Los McCann se verán pronto nuevamente en el tribunal buscando una indemnización por difamación contra Amaral. Cuando todo esto termine, Madeleine McCann también podría ser conocida como “¿Madeleine quién? Por el progreso realizado por cerrar la saga.

Sunday Independent

Traducción de Mercedes