jueves, 19 de febrero de 2009

Caso Marta del Castillo - Marta y el orden de los valores

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La Vanguardia.es

José Bejarano | 18/02/2009 - 20:27 horas

Los padres de Marta del Castillo, la joven de Sevilla asesinada presuntamente por su ex novio, han pedido que se implante la cadena perpetua y que el culpable cumpla la pena más alta posible. La madre ha deseado para los detenidos que "cada día en la cárcel sea un infierno". Es lo menos que puede esperarse de unos padres destrozados por la pérdida de una hija. Pero también dicen una cosa más que, a mi parecer, no encuentra en los medios de comunicación el hueco que merece, sin duda por el estruendo que suelen ocasionar las palabras gruesas. Sostiene Antonio del Castillo que lo ocurrido a su hija hay que contextualizarlo en "una sociedad que cada vez tiene menos moral y donde a lo mejor se es demasiado flexibles, empezando por el colegio y los profesores".

Ahora sí, acierto pleno. Aunque a esa enumeración falta añadir a los padres y medios de comunicación, junto con los colegios y profesores. Todos tenemos alguna responsabilidad en lo que está pasando y en las manos, la erradicación de comportamientos violentos. No creo en el agravamiento de las penas como forma de prevenir el crimen. Es inútil aumentar las penas si seguimos inmersos en una sociedad que antepone la consecución de los deseos primarios a toda costa, fomenta el egoísmo, ensalza la violencia como forma de resolver los conflictos, el dominio del fuerte, el sometimiento de la mujer. Que no prepara a los jóvenes para afrontar situaciones de frustración.

Mal andamos en una sociedad que menosprecia los valores humanos (buenismo le llaman ahora algunos en claro tono de burla), laxa en normas, que entroniza al matón, venera al jactancioso y deposita el respeto de las normas no en el acatamiento libre y voluntario que posibilitan la educación y el civismo, sino en el agravamiento de las penas. Lo triste es que no hay nada nuevo bajo el sol. Nada hemos inventado nosotros. La violencia es vieja compañera del hombre. Quizá no tanto su exhibición pública.

Tampoco su utilización gratuita, el desparpajo con el que la esgrimen aquellos a los que nadie les ha dicho que el antojo tiene un límite. Tal vez también porque quienes echan mano de las armas encuentran legitimación social en tanto alarde de saña (virtual y real) tanta injusticia institucionalizada contra los débiles (en Madrid tienen que detener un cupo diario de inmigrantes-delincuentes y si no los hay, buscarlos) tanta desigualdad que hiere.

Perdonen que no descargue ahora la rabia contra estos individuos despreciables (verdugos y víctimas, odio el crimen y compadezco al criminal) que pueden haber matado a un ser inocente e indefenso. No haré como esos miles de vecinos que se echan a la calle dispuestos a linchar de los detenidos: si lo hiciese me sentiría arrastrado en la espiral de odio y violencia de los verdugos. La venganza no justicia.